Un arcoíris llamado diversidad


“Si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un mejor lugar para ellas”. John F. Kennedy

La discriminación ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad y pareciera que es algo esencial en nuestra manera de vivir. La mayoría siempre elige a grupos pequeños para someterlos a juicios sin sentido, los condenan, los marginan y tratan de pisotearlos.

Después de quemar a miles de personas por sus ideas religiosas, esclavizar a otras tantas por su color y denigrar a la mujer, ahora se han centrado en atacar la forma de vida de quiénes tienen una orientación sexual distinta a la que la sociedad considera como ‘normal’.

Afortunadamente, ante este ataque los grupos de defensa se han hecho presentes, en una lucha que tiene un origen sin fundamentos válidos, pues es por todos bien sabido que el fin del ser humano es la búsqueda de la felicidad y cada quien tiene la libertad de buscarla en donde mejor le parezca en tanto no dañe a los demás, y yo no veo a quien pueda afectarle que un ser humano ame a otro. Después de todo el amor es un sentimiento que sólo requiere de dos víctimas voluntarias, de nadie más.

Pero la falta de valores, la ignorancia y la infelicidad ocasionan que algunas personas no puedan seguir el principio básico de “vivir y dejar vivir”.

Las constituciones de los diversos países que conforman el continente americano y los instrumentos internacionales en materia de Derechos Humanos prohíben de manera expresa la discriminación por orientación sexual; para que esto se lograra tuvieron que pasar muchos eventos: suicidios de víctimas que se encontraban en este supuesto y no tuvieron la fuerza de afrontar a una sociedad injusta; crímenes por homofobia y falta de tolerancia; luchas de grupos de la sociedad civil, marchas y demandas ante la poca conciencia social, pues tristemente, para lograr que se reconozca un derecho que por naturaleza nos pertenece, hay que pelear por ello, y ya ni que decir para que se respete.

No obstante lo anterior, resulta indignante observar en las noticias sucesos como el caso de Dandara dos Santos, un travestí de cuarenta y dos años de edad que fue asesinado brutalmente en Brasil por su apariencia y orientación sexual, el pasado quince de febrero. Evento que nos hace recordar, lo que ocurrió en junio del año pasado en un antro gay de Orlando, Florida, donde cincuenta personas de la diversidad sexual también perdieron la vida como consecuencia de la homofobia o en Xalapa, Veracruz, con un saldo de siete víctimas en circunstancias muy similares.

En este mismo sentido, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en el comunicado de prensa No. 028/2017, expresó su preocupación en torno a las amenazas de regresión en lo relativo a los derechos de las personas de la comunidad LGBT, ya que últimamente se han presentado situaciones en México, Colombia y Perú que denotan agresiones, proliferación del discurso de odio y rechazo a este grupo en situación de vulnerabilidad por parte de grupos conservadores. La desinformación, la doble moral y la obsesión religiosa son los principales factores que han contribuido a agravar esta situación, dejando claro que el problema de las mentes cerradas es que cualquier idea o evento diferente y contrario a sus convicciones les genera ruido. Cuando eso pasa, agreden, atacan sin fundamentos y recurren a la religión. Un punto en dónde es imposible ponerse de acuerdo y llegar a conclusiones sólidas.

Sin duda, todos tenemos libertades. El dilema y lo grave surge cuando tratamos de imponer nuestras certezas o cuando olvidamos que los límites de esas libertades son del interés público o los derechos de terceras personas. Si algún día la sociedad logra superar este segmento de odio irracional hacia la comunidad LGBT, me pregunto ¿sobre qué volcará su atención? Tal vez, entonces, condenarán a los que prefieren el pastel de chocolate o a quienes disfrutan el café sin azúcar.

Lo que sí es seguro, es que tendremos que enfrentar muchas tormentas antes de aceptar que la promesa de un mundo incluyente se encuentra en un arcoíris llamado: diversidad.

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