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¡Vivir los Derechos Humanos!

February 1, 2017

“La esperanza de un mundo seguro
y habitable recae en gente
inconformista y disciplinada  que están
dedicadas a la justicia, paz y hermandad”.
Martin Luther King, Jr.


Los derechos humanos son un tema que nos compete abordar a todos y todas, pero no es tan sencillo como parece.
Las dificultades comienzan cuando miramos a nuestro alrededor y nos damos cuenta de los grandes problemas sociales que diariamente enfrentamos, cuando vemos las injusticias y las desigualdades, al ser víctimas de la delincuencia, los abusos de autoridad, la impunidad y la corrupción.


Con frecuencia escuchamos que los derechos humanos “son un conjunto de prerrogativas inherentes al ser humano por el simple hecho de ser personas”. Definición que se adapta a preceptos legales y a parámetros institucionales de organismos encargados de su difusión y defensa, pero ¿realmente los derechos humanos son eso?, ¿es la mejor manera que tenemos de entenderlos? Para ambas interrogantes, la respuesta es ¡No!
Hablar de derechos humanos es algo complejo, pues son más que palabras, estos van más allá de las normas, rebasan fronteras, implican un esfuerzo integral por entenderlos, pero sobre todo, por vivirlos.


Vivir los derechos humanos es levantarse cada mañana con la convicción de que existimos; conscientes de nuestras necesidades, que debemos alimentarnos, trabajar, estudiar, procurar estar sanos, tener un nombre, una vivienda, una familia, ser parte de una sociedad, comunicarnos, actuar con libertad y respeto, participar en las decisiones políticas de nuestro país, someternos a leyes y normas de convivencia con la posibilidad de demandar su cumplimiento. Es aceptar una forma de gobierno, recibir seguridad, comprender que nuestros derechos terminan donde comienzan los de alguien más.


Vivir los derechos humanos es darle sentido a nuestra dignidad como personas, ac-tuar de una manera responsable, cumplir con nuestras responsabilidades y obligaciones; luchar por la justicia, la paz y la equidad; ser incluyentes, derribar las barreras de la discriminación, ¡Ir a dormir con la certeza de que nos esforzamos en todo momento por construir un mundo más habitable!


El texto del primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos es una invitación a vivir de esta manera, dejándonos claro que todos los seres humanos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como estamos de razón y conciencia, debemos comportarnos fraternalmente los unos con los otros.
Es inconcebible, que en pleno siglo XXI, que se ha caracterizado por el impulso a los derechos humanos, existan en el mundo, en nuestro país e incluso en nuestra colonia, personas en condiciones de pobreza extrema, niños y niñas que mueren de ham-bre y desnutrición; mientras que los medios nos sorprenden con la noticia –nada motivante- de que ocho personas concentran una riqueza económica, equivalente a los recursos que posee (aproximadamente) la mitad de la población mundial.


Deprime escuchar que un candidato racista ha ganado la presidencia del país que es considerado la primera potencia mundial, porque demuestra que tiene seguidores que comparten su manera de pensar, personas con odio, que en lugar de vivir de acuerdo a los lineamientos globales de hermandad, ¡matan los derechos humanos! 
Enoja, que el gobierno, en un contraste insultante, incremente los impuestos a la ciudadanía, afirmando que es posible vivir dignamente con un salario mínimo risible, y al mismo tiempo eleve el sueldo y aumente bonos al funcionariado, pisoteando con ello los ideales de la democracia.


Entristece, darse cuenta de que el Estado de Derecho del que tanto nos hablan se ha convertido en un campo de batalla, donde la paz, que debería de ser una realidad parece un sueño lejano, donde importa más la urbanización que la ecología. Un lugar de represión, en el que está prohibido manifestar el descontento y se censura la libertad de expresión.


La realidad pareciera confirmar lo que opina una gran parte de la población: “¡Los derechos humanos son cosa de ricos! ¡Las instituciones encargadas de la defensa de los Derechos Humanos no funcionan! ¡Esos derechos sólo benefician la corrupción, la delincuencia y la impunidad!”, pero no debemos permitir que nos arrebaten la esperanza de un futuro mejor, que se apoderen de nuestros ideales y nos convenzan de una maldad que no es mayoritaria, ni determinante; pues como bien lo expresó Jean-Jacques Rousseau en su obra ‘Emilio o de la educación’: “El hombre es bueno por naturaleza”.


Educarnos en derechos humanos equivale a oponernos a pelear entre nosotros, a recobrar la confianza en las instituciones que nosotros mismos hemos creado, implica renunciar a prejuicios, desprendernos de lo aprendido y comenzar a adquirir una visión más humanitaria, desde nuestro hogar, con nuestra familia.


Apostarle a la infancia como un futuro inmediato, convencidos de que los derechos humanos no son la causa de tanta maldad, con la convicción de convertirnos en factores de cambio, congruentes con nuestro pensar y actuar, pues la mejor manera de enseñar, protestar y sugerir, es a través del ejemplo.


¡Vivir los derechos humanos es confiar en el amor, construir la paz, sonreírle a la justicia, caminar de la mano con la equidad, enamorarse del respeto… inhalar y exhalar tolerancia!

 

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* Juan Carlos Guerra González es Licenciado en Derecho (Universidad de Sonora, México). Pasante de Maestría en Derecho y Ciencias Penales (Instituto de Estudios Universitarios). Participó en el Programa de Intercambio Estudiantil en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Pasante de Maestría en Derecho y Ciencias Penales (Instituto de Estudios Universitarios). Estudiante del Diplomado en Habilidades Directivas (Instituto de Estudios Universitarios y Escuela de Comercio Internacional, Mercadotecnia, Comunicación y Turismo, de París, Francia). Ha sido asesor Jurídico del Ayuntamiento Municipal de Guadalupe y Calvo (Chihuahua); aval Ciudadano del Hospital Comunitario de Guadalupe y Calvo; meritorio de la Comisión Estatal de Derechos Humanos del Estado de Puebla y del Estado de Sonora (México).

 

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