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Cuando la ficción invade la realidad

November 16, 2016

“Pasé meses en que huía del acecho de los personajes, que se volvieron una obsesión de día y de noche, o sea que haber terminado la novela ha sido para mí una suerte de exorcismo, porque desde entonces me olvidé de ellos, y ya me dejaron dormir en paz”, comentó el escritor salvadoreño Alfonso Quijada Urías, después de escribir su novela Las tribulaciones del Pequeño Larrouse (2007).


No es un caso único. A Balzac, por ejemplo, sus vecinos le escuchaban en las noches parisinas cuando discutía con los protagonistas de sus obras.


Gabriel García Márquez relata en El olor de la Guayaba que para él fueron imprevistos los rumbos que tomaron algunos de sus protagonistas. La inesperada muerte del coronel Aureliano Buendía de Cien años de soledad (1967), por ejemplo, le produjo tanta tristeza que no pudo seguir escribiendo ese día, “como si hubiera fallecido un pariente”.
 

El finlandés Mika Waltari, autor de Sinuhé, el Egipcio (1945), contaba cómo Nefernefernefer, la fatal cortesana que atormenta a Sinuhé, contribuyó a agravar los síntomas del desorden bipolar que sufría, ‘apareciéndose’ a plena luz del día ante su mirada atónita.

 

¿EXPLICACIÓN ‘A LA TIBETANA’?
La posibilidad de que los hijos de la imaginación se conviertan en entidades semicorpóreas, encuentra cierta explicación en el fenómeno de los ‘tulpas’, entidades formadas a través del intenso poder de concentración que los monjes tibetanos habrían llegado a cultivar a través de técnicas milenarias de control mental.


“Se cree que basta la concentración del pensamiento para hacer ‘coagular’ las imágenes creadas (por la imaginación), hasta hacerlas derivar en verdaderos fantasmas autónomos: los tulpa”, comenta el investigador de lo paranormal Leo Talamonti en su obra Universo prohibido (1972).
 

La investigadora orientalista francesa Alexandra David- Neel (Voyage d’une Parisienne à Lhassa, 1927), seguidora de las enseñanzas de la ocultista madame Blavatsky y pionera europea en la exploración del Asia profunda en el siglo XX, relata que durante su aprendizaje trascendental en Lahsa ella aprendió esta técnica, logrando que un personaje imaginado por ella se volviera visible no sólo para ella misma, sino para otros integrantes de su expedición por la China, la India y el Tíbet.


Según David-Neel, deshacerse de este personaje no fue fácil ni agradable, no sólo debido a que insistía en aparecerse a las horas más inesperadas sino a la sutil modificación de sus facciones, que poco a poco adoptaron una expresión malévola.

 

‘ÁNGELES SOLDADOS’ Y HADAS
Un caso conocido en los círculos de literatura esotérica es el de Arthur Machen, autor de Los ángeles de Mons (1914).


Machen -más conocido por su obra semi- iniciática The Great God Pan (1890)- describe cómo una legión de ángeles arqueros baja del cielo para defender a un regimiento de soldados ingleses contra las fuerzas alemanas.
Años más tarde, después de la Primera Guerra Mundial, el autor tuvo que recibir, algo incómodo, las emocionadas declaraciones de veteranos británicos que tomaron parte en una batalla que, efectivamente, se produjo entre ingleses desembarcados en costas francesas contra los alemanes.


Le aseguraban que, tal como Machen lo describe en su libro, la intervención de misteriosos seres alados, como ángeles, inclinó en el momento decisivo la balanza a favor de los ingleses durante aquella batalla.
 

Sir Arthur Conan Doyle dijo haber fotografiado a las hadas. Igualmente curioso resulta el caso planteado por el escritor Sir Arthur Conan Doyle, el padre del detective Sherlock Holmes. Doyle aseguró a principios del siglo XX haber conseguido fotografiar a las hadas. Estos personajes del folclor europeo de cuentos infantiles habrían escapado de su mundo fantástico-literario gracias a la capacidad mediúmnica de proyectarlas en el plano de ‘la realidad’ que tuvieron dos primas inglesas, Elsie Wright, de 16 años por entonces, y Frances Griffiths, de 10. Esto fue en 1917.


Supuestamente, o al menos así lo creyó Conan Doyle a pies juntillas, las jóvenes caían en una especie de trance o ensueño y lograban que las hadas se materializaran ante ellas, permitiendo que otras personas las vieran y hasta las fotografiaran.


En otras ocasiones, es la tenacidad de los lectores la que se encarga de darles sustancia a personajes que nacieron como fruto de la imaginación. Una vez más, Conan Doyle lo descubrió con su personaje Sherlock Holmes, célebre no sólo debido a su sagacidad deductiva, sino también por su tenaz resistencia a morir.
 

El autor, ya cansado del flemático detective, planeó y relató en la Navidad de 1893 su muerte en The final problem. Con esta obra pretendía poner final a la serie de relatos que componen la zaga de Holmes, pero descubrió que liquidarlo no era un asunto tan fácil como pensaba.


Los aficionados a la zaga del detective no sólo consumen una y otra vez el conjunto de las obras de Conan Doyle –lo que los ‘sherlockianos’ llaman ‘el canon’–, sino que leen y producen abundantes tramas e historias en las que el protagonista sigue siendo Sherlock Holmes, sin que parezca importarles que éste ya tendría 150 años en caso de que siguiera vivo.


Algunos entusiastas llegan a asegurar que continuó su carrera contra el crimen hasta 1903, retirándose de la vida pública ese año para emprender un misterioso periplo que incluyó destinos como el Tíbet y La Meca. Los más entusiastas fijan la muerte definitiva de Holmes en 1957, a sus 102 años de edad.

 

UN CONSEJO DE VARGAS LLOSA
Mario Vargas Llosa, en la introducción a una de las ediciones de Pantaleón y las visitadoras (1973), explica que “un oficial retirado del ejército peruano le llamó un día a París para preguntarle cómo había hecho el escritor para enterarse de los detalles del argumento de esta novela”.


Aquel ex militar sostuvo que él mismo había sido el oficial encargado de crear y organizar en las fuerzas armadas de su país el servicio aéreo de prostitutas en beneficio de los urgidos soldados peruanos, para aliviarles la soledad causada por servir a la patria en las agrestes e inhóspitas selvas del Amazonas, tal como Vargas Llosa lo describe en su obra.
 

“Veámonos para que usted me explique cómo conoció mi historia”, le dijo el hombre al escritor.
 

“Me negué a verlo, fiel a mi creencia de que los personajes de la ficción no deben entrometerse en la vida real”, dice el autor peruano.


Pero a veces es difícil mantenerlos a raya.

 

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